sábado, 10 de abril de 2010

Ni un duro

Me da en la nariz que ni el uno ni el otro. Ni Zapatero ni Rajoy. Y los dos por incapaces directores, ineptos en el manejo y control de sus tropas, nefastos caudillos y pésimos gobernantes. El presidente actual ha dejado ya muy claro que esto no es lo suyo, que si se lo ponen muy difícil, pues que no, que no sabe qué hacer. Quizás en otros tiempos de mayor bonanza económica hubiese resultado un excelente dirigente, sobre todo en materia social. Pero cuando comenzó la ensalada de tiros, se escondió negando la mayor. Luego, con la crisis campando a sus anchas una buena temporada no tuvo más remedio que enfrentarla con pasos, tardíos y erróneos, que han terminado por dejarnos sin dientes con los que morder. De todas formas, ¿para qué queremos dentadura sino hay molla que arrimar a la boca ni plato donde picar?

El otro en liza, el bueno de Mariano, parece el amigo ése que siempre te coge el teléfono para escuchar tus penas, que intenta aconsejarte con toda su buena intención, pero que no da una. Ni chicha ni “limoná”. Para colmo, los capitanes de su ejército se han pasado al enemigo, dotando a éste de argumentos suficientes como para hundir una formación política para la eternidad. Y, Mariano, sin verlo venir, o no ha podido o no ha sabido pararles los pies a los chapuceros chorizos que le rodean por diestra y siniestra.

Será cuestión de estudiar con atención los movimientos en ambos frentes, a ver quién va tomando posiciones y adquiriendo voluntades amigas para erigirse como salvador de la patria. Yo pienso que de todos los que hay por ahí moviendo el cotarro, ninguno vale un duro de los de antes.

Luis Bárcenas, de patitas en la calle

Juro por Dios que lo intento, pero no logro comprender cómo una persona de tan dudosa honorabilidad como Luis Bárcenas sigue manteniendo su escaño como senador. Lógico es que el hombre no renuncie, que su desfachatez y notable caradura triunfe sobre los principios morales mínimos que se le suponen a cualquier ser humano. Acepto que durante muchos años haya realizado una encomiable labor para el PP, y que por ello su partido le otorgue privilegios de abogado y despacho; esa es una cuenta que pertenece a sus militantes, y son ellos los que deben opinar al respecto.

Ahora bien. Estamos en un país que se nombra democrático y justo, que basa su gobierno en las decisiones soberanas y libres de su ciudadanía. El sistema debe ser transparente, pues ese es su deber si quiere preservar los derechos, y actuar con firmeza y legalidad contra aquellos que alteren y perturben su funcionamiento. Entonces, ¿cómo es que permite que elementos manifiestamente delictivos de la sociedad ocupen cargos de tanta importancia como el de senador, con todo lo que ello conlleva?

Si los políticos quieren que confiemos en ellos, que abandonen sus engaños y picardías legales. Es hora ya, de una vez por todas, de que aquellos que legislan, legislen para todos. Que dejen ya de blindarse ante futuros comportamientos ilícitos. Ellos no son más que nadie, son iguales al resto de los habitantes del Estado, y deben someterse a los mismos preceptos. Las impunidades de las que gozan actúan como acicates para delinquir sin rubor. Se creen dioses con poder absoluto, cuando no son más que empleados nuestros, están para servirnos y punto.

Creo tener el derecho de exigir que el señor Luis Bárcenas sea expulsado de inmediato de su escaño. Y si no lo tengo, debería tenerlo. No me gusta que se burlen de mí de esta manera tan asquerosa…

viernes, 9 de abril de 2010

Bárcenas, de patitas en la calle

Juro por Dios que lo intento, pero no logro comprender cómo una persona de tan dudosa honorabilidad como Luis Bárcenas sigue manteniendo su escaño como senador. Lógico es que el hombre no renuncie, que su desfachatez y notable caradura triunfe sobre los principios morales mínimos que se le suponen a cualquier ser humano. Acepto que durante muchos años haya realizado una encomiable labor para el PP, y que por ello su partido le otorgue privilegios de abogado y despacho; esa es una cuenta que pertenece a sus militantes, y son ellos los que deben opinar al respecto.

Ahora bien. Estamos en un país que se nombra democrático y justo, que basa su gobierno en las decisiones soberanas y libres de su ciudadanía. El sistema debe ser transparente, pues ese es su deber si quiere preservar los derechos, y actuar con firmeza y legalidad contra aquellos que alteren y perturben su funcionamiento. Entonces, ¿cómo es que permite que elementos manifiestamente delictivos de la sociedad ocupen cargos de tanta importancia como el de senador, con todo lo que ello conlleva?

Si los políticos quieren que confiemos en ellos, que abandonen sus engaños y picardías legales. Es hora ya, de una vez por todas, de que aquellos que legislan, legislen para todos. Que dejen ya de blindarse ante futuros comportamientos ilícitos. Ellos no son más que nadie, son iguales al resto de los habitantes del Estado, y deben someterse a los mismos preceptos. Las impunidades de las que gozan actúan como acicates para delinquir sin rubor. Se creen dioses con poder absoluto, cuando no son más que empleados nuestros, están para servirnos y punto.

Creo tener el derecho de exigir que el señor Luis Bárcenas sea expulsado de inmediato de su escaño. Y si no lo tengo, debería tenerlo. No me gusta que se burlen de mí de esta manera tan asquerosa…

Don Jaime y don Luis

Al final he conseguido salir de dudas. El imputado Jaume Matas, Jaime para los que ya no le aprecian tanto como antes, tiene solvencia suficiente para afrontar los tres millones de nada que le pedían como fianza. Dos bancos aportan a pachas el dinero, y todos tan contentos. La justicia triunfa y este pobre contribuyente podrá disfrutar de la libertad necesaria para preparar convenientemente su defensa. Fichando cada quince días, el sistema se da por contento. Porque, claro está, no existe riesgo de fuga ni algo por el estilo. Ni tampoco va a dedicar su tiempo a emparedar con muros legales, y a lo peor no tanto, todo lo que tiene guardado de calderilla. De todas formas, no estaría de más vigilar las salidas en dirección a Laos o a Brasil, no sea que optara por irse de vacaciones de incógnito, como otros camaradas suyos hicieron antaño, con la cabeza rapada y breado de piercings. Si es que los bancos están para eso, para ayudar al menesteroso, para proveer de fondos a los emprendedores que inician proyectos de futuro. Porque futuro tiene el tema. Muy negro y entre ventanas con barrotes, pero futuro al fin y al cabo.
Otro cantar es lo de Luis Bárcenas. ¿Sigue siendo senador? ¿Sigo colaborando en pagarle un sueldo? ¿Es qué no tiene cuartos bastantes como para dejar de sangrarnos de los impuestos? Que el PP le pague el abogado y le mantenga en un despacho, pase, allá con ellos. Las bases tendrían que decir algo al respecto. Pero que el resto de la ciudadanía le sufraguemos todos los meses es como llamar a las puertas del cielo para insultar a San Pedro. Mucha manta debe tener de la que tirar; quizás toda una fábrica textil. Pero es lo que hay. Como diría Pocholo, ¡fiesta, fiesta!

martes, 6 de abril de 2010

Sentimientos revolucionarios

Cuando se habla con tanta familiaridad de las cantidades de dinero extraviadas por estos políticos salteadores y de la alegría con la que se lo pulen, a un españolito acostumbrado a sufrir por un euro le invade un sentimiento revolucionario, un despertar hacia la rebelión que puede llegar a trastornarle. De buenas a primeras, lo que apetece es echarse a la calle y reventar el sistema. Luego, el sentido común traiciona y domina a sus impulsos y le conduce por la senda de la cordura y los principios democráticos. Se convence de que el sistema no es el malo, de que los dañinos son estos maleantes, que abusan de él y de aquellos que con su fe lo defienden día a día.
No vale la pena bautizarles como corruptos, chorizos o ladrones. Les importa un comino, y se parten el pecho de risa; se burlan de todos, pues se creen y se saben intocables. Y les da lo mismo chuparse una temporadita de trena, se lo toman como vacaciones pagadas. Cuando salen, siguen siendo los amos del paraíso, ya que la justicia y unas leyes que hacen agua nunca consiguen recuperar lo que han esquilmado. Vomitan sobre nosotros su soberbia y prepotencia, y nos insultan sin descanso, tomándonos por tontos. Y nosotros, a tragar. Porque no nos queda otra, si queremos salir en la foto.
Son malos tiempos para las ideas. La necesidad es la dueña de la situación y controla los sentimientos. El socialismo simplemente no existe, pues su espíritu revolucionario ha sido devorado por un feroz consumismo y un atroz capitalismo. Además, ya no quedan revolucionarios de verdad, aquellos que llevan la justicia y la libertad en el corazón. Los que hay ahora la portan en la boca y en la cartera, pues viven de las fábulas que inventan sobre ellas. Está la cosa muy fea para esto de pensar.

domingo, 4 de abril de 2010

Menudo calentón

Uno intenta evadirse estos días de estas cosas, escapar del asco que le producen,aprovechando que se junta con amigos y familia para pasar la mona en el campo, playa o donde se tercie. Pero el calentón está dentro, y no hay manera de enfriarlo. Yo lo intento, pero se presenta como un mal sueño en cualquier conversación, en cualquier noticia que se cuela haciendo zapping en las teles y las radios.
Recuerdo el cabreo que me dominó en la última, y no tan última, etapa del PSOE de Felipe González, con los asuntos de Luis Roldán, el BOE, el hermanísimo y otros numeritos festivos de desvíos extraños de capital. Entonces me indigné, me sentí estafado, ultrajado e insultado. Asistía atónito a los tejemanejes de aquellos chorizos de medio pelo, y cada información que me llegaba respecto de los ínclitos, contribuía a hastiarme aún más.
Pero lo de ahora supera todos los límites que la paciencia democrática puede y debe soportar. La soberbia, la prepotencia, la desfachatez, el descaro y la malicia con la que se han movido el tal Jaime Matas y su esposa golpea con violencia todos los principios morales que deben gobernar un comportamiento social medianamente equilibrado. La justicia debe de actuar franca, limpia, sin equivocaciones, sin lagunas legales en las que estos dos y sus secuaces puedan navegar. Se ha convertido en un problema de fe en el sistema; éste tiene la obligación y ha de asumir el compromiso de ser duro, tajante y resolutivo ante lo desproporcionado del atraco. Debe encerrar a estos delincuentes si se demuestra lo ilegal de su comportamiento.
No pretendo juzgarles y condenarles; ése no es mi cometido. Bastante tengo con pelear por sobrevivir. Lo que no quiero es compartir ni un minuto más de mi pobre democracia con gente de esta calaña.

jueves, 1 de abril de 2010

Con respeto, señor Neira

Todas las opiniones son válidas, y todas las opiniones respetables. La libertad consiste en eso; sentir y expresar sin coacciones ni limitaciones lo que uno desea. Esa libertad alcanza a todos por igual, sólo por el mero hecho de haber nacido. Ahora bien, dentro de una sociedad civilizada, todos los principios tienen un límite que el sentido común debe imponer.

El profesor Neira ha decidido valorar nuestra Carta Magna, nuestro período de transición y nuestro propio conocimiento. Y en algunas de sus estimaciones se ha pasado, en mi modesto entender, tres pueblos y medio. Definir la elaboración de la Constitución casi como un acto delictivo cometido con nocturnidad y alevosía, nos deja a todos los que la aceptamos y respetamos como una banda de incultos borregos. Negar la existencia de una transición más o menos ordenada es como aseverar que después de la noche no viene el día, sino un intervalo de tiempo gris sin luz ni oscuridad, un agujero negro inútil en la historia. Y asegurar que los españoles somos unos analfabetos incapaces de distinguir la mano izquierda del pie derecho, no es más que un desvarío de alguien que, quien sabe si con premeditación, ha perdido los papeles. Desconozco si su objetivo es encabezar algún tipo de movimiento ultraconservador. Da un poco de miedo. Pero sólo un poco.

El señor Neira, sabio entre los sabios, ha aprovechado su desgracia para adquirir protagonismo. Y ha optado por la polémica y el insulto como caminos idóneos para vender libros. Libre es de hacerlo. Pero pierde toda la consideración que se pudiese tener hacia él en el momento en el que utiliza la falta de respeto como argumento. Por muy inteligente que se crea que es, no tiene el más mínimo derecho a ofender, agraviar, denostar ni vejar a nadie. Yo no se lo tolero, y soy libre para decírselo.