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domingo, 25 de abril de 2010

El nuevo líder de la izquierda española

Independientemente del resultado de las actuaciones judiciales dirigidas contra él, sea sometido a juicio o no, Baltasar Garzón ha dado un paso de gigante en su trayectoria personal. Su figura se muestra como nexo de unión de una izquierda española desengañada y hastiada hasta el extremo por el gobierno socialista de Zapatero. En un punto de la historia en el que se están descarnando carencias e ineptitudes, en el que el liderato necesario se ha debilitado por la inoperancia del presidente, surge un hombre capaz de reunir en su persona las inquietudes ideológicas, las tendencias progresistas y ciertos afanes revanchistas de una gran parte de la población española.
El juez está en el lugar adecuado en el instante oportuno; bien aconsejado, lo veremos aparecer como estandarte futuro de la mitad de España. Dentro de las filas del PSOE deben de tener muy claro a estas alturas quién será, salvo intrigas interinas de difícil digestión, el sucesor del hombre del talante sin talento. Quizás es por eso que no existe un pronunciamiento claro y oficial por parte del partido en el gobierno respecto al tema. Llega alguien de fuera a levantarle el sitio a alguno que ya estaba sacando lustre a la placa, y eso no es plato gustoso.
También parece haberse dado cuenta Mariano Rajoy. Sabe que tendrá que bregar en batallas electorales con Garzón, y aprieta con fuerza. Ha elegido posicionarse al frente de la otra mitad del país, aprovechar el follón para fortalecer su débil imagen. Quiere, y es probable que consiga, aunar a la derecha bajo su bastón de mando.
Pero la que sufre es la justicia, como institución y como concepto. Y si ésta llora, España gime. Se vuelve a partir en dos mitades que acabarán, si el sentido común no lo remedia, radicalizándose. Un frente popular y una coalición de derechas de nuevo a palos por la calle…

miércoles, 14 de abril de 2010

Baltasar Garzón

Baltasar Garzón, al igual que el resto de los españoles, está sometido al imperio de la ley y debe cumplir con ella como el que más. Si se sabe inocente, no tiene el qué y el por qué temer; lo que obtendría de todo esto serían beneficios a nivel personal y profesional, dejando muy mal parados a aquellos que dudan de su honestidad.
El problema estriba en la discutible capacitación moral y ética de quien acusa. La democracia acoge en su regazo a todos, sin distinción; cualquiera tiene el derecho a un juicio justo, al igual que cualquiera puede interponer una denuncia. Corresponde a profesionales admitirla a trámite. Y, supuestamente, lo hacen cuando atisban indicios de delito o irregularidades.
Dado a su trabajo y trayectoria exhibida, al incuantificable valor de su lucha contra ETA y la corrupción política, creo que Garzón debe afrontar muy tranquilo el juicio y exponer su inocencia. Pero, si por desgracia, se demostrase alguna de las acusaciones que han motivado la causa, tendría que asumir con total disposición la sentencia, pues habría sobrepasado la línea de la ley. Algo que él, por su condición, debe conservar y preservar.
Pienso que no hay que flagelarse ni descarnarse las rodillas caminado en penitencia hasta los juzgados; considero que esto es bueno para el sistema, lo fortalece. Mucha gente, además de los de siempre, está con el juez, aprecia su trabajo, le valora y le apoya incondicionalmente. Otros, quizás menos, desearían ver su cabeza en una sala de trofeos. Pero, lo más importante de todo, es que en el medio se sitúa, poderosa y segura, la aliada más fiel de la democracia, la mejor amiga que puede encontrar cualquiera que se encuentre en la misma tesitura que Baltasar Garzón; la justicia, aquella dama ciega en la que tenemos el derecho y el deber de confiar.

domingo, 28 de marzo de 2010

Justicia con j mayúscula

La Justicia debería ser como la muerte, alcanzar a todos, al rico y poderoso igual que al pobre. Nadie tendría que escaparse de cumplir con ella, fuese cual fuese su condición y situación. Y nadie alarmarse y enojarse por que la Justicia actuara allá donde se creyera útil y competente.
Hay que respetar su acción. El que no tiene nada que temer, el que no oculta ni esconde, que no sienta miedo. La Justicia será honrada con él. Ahora bien, el tramposo, el embustero, aquél que haya traicionado al sistema democrático, de rodillas tendrá que recibir el castigo que merezca.
Se habla de Garzón, como si él estuviera exento de cumplir con la obligación común de respetar las leyes. Si el juez está tranquilo es porque considera que su proceder ha sido el correcto; no hay entonces el por qué rasgarse las vestiduras si se admite a trámite una denuncia de Falange o de quién sea. Si todo está bien, nada hay que temer. La Justicia pondrá a cada uno en su sitio.
Caso distinto parece el de Matas y su milagro económico. Este hombre debería estar al mando de las finanzas europeas. Convierte un euro en dos, y dos en cuatro con una facilidad asombrosa. Aquí la Justicia tiene trabajo. Deberá quitarse la venda de los ojos y taparse la nariz, pues la cosa apesta. Y quizás le hiciese falta una guillotina para cortar algunas cabezas.
Tanto en un caso como en el otro no debemos dudar de su efectividad. Si lo hacemos, estamos poniendo en peligro la existencia misma del sistema. Y este no está para muchos trotes. Anda algo enfermo últimamente. Son muchos los virus y muy pocos las medicinas.