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domingo, 29 de agosto de 2010

Fútbol y estructura social

El sábado comienza la Liga. Dos equipos se pelearán por el título, siete u ocho por entrar en Europa y el resto, morderá por mantenerse entre los grandes. Salvo sorpresa, salvo revolución, el guión ya está escrito. Arriba, los de siempre absorbiéndolo todo. Detrás de ellos, un grupo con posibles que intenta dar la cara. Y, en el fondo, la plebe del fútbol, a pelear como locos por no perder su ración del pastel y hundirse en la miseria.
El fútbol es como la vida. Los que más tienen (o más deben, que en ocasiones es lo mismo) son los que acaban controlándolo todo, los jefes, los elementos dominantes que marcan las directrices. A su sombra, al abrigo de los ricos, algunos listos, con solera o no, llegan a alcanzar cierto nivel que les permite codearse en las altas esferas: son pequeños triunfos los que les encumbran situándoles, no obstante, siempre al borde de un precipicio. Detrás de éstos, de ricos y afortunados, se halla una tropa con una carta de invitación para participar durante un limitado período de tiempo en el juego del poder. Si aprovechan bien su momento, quizás la bonanza les acompañe. Pero si la mala administración, imprudencia y/o mala suerte domina su gestión, se hundirán en la ruina y quedarán relegados junto al resto de los mortales.
El fútbol dejó hace tiempo de ser un deporte. Manteniendo su condición de negocio superlativo, es también in manual donde se refleja nuestra estructura social. Ocurra lo que ocurra, siempre mandan los mismos. A su sombra se sitúa un grupo casi cerrado que protege su condición de pertenecer a la elite. Después ya viene el pueblo, de composición más variable, pero que, salvo milagro, jamás dejará de ser el escalafón más bajo. Todo está escrito. Cambiar el argumento pasa por rebelarse contra él. Quizá vaya tocando ya.

lunes, 2 de agosto de 2010

Hay otras cosas

Mientras estamos entretenidos con los toros, no nos preocupamos de otros temas. Muchas pequeñas y medianas empresas van a colgar el cartel de cerrado por vacaciones para, después de liquidado agosto, no volver a abrir. Un millón trescientos mil hogares tienen el dudoso honor de contar con todos sus miembros en el puñetero paro. Los hoteles en las zonas turísticas no llenan ni a euro la habitación. Las tiendas y centros comerciales no venden ni rebajando lo rebajado. Los paseos marítimos se llenan de gente paseando, paseando y venga a pasear, pero de gastar nada de nada.
Pero tenemos taurinos y anti taurinos enfrascados en discusiones sobre la fiesta (mejor omitir lo de nacional, no se ofenda alguien). Nuestros políticos, tras la tregua del mundial de fútbol, se han tropezado con otro debate que sumerge en el olvido sus continuos y constantes atentados contra la razón. Bendito país para manipular aquél cuyo pueblo prefiere liarse entre sí antes de emprenderla con aquellos que de verdad descontrolan el cotarro.
Con esto no quiero decir que carezca de importancia el tema toros sí o toros no. La tiene, y mucha, pues tocar las tradiciones y destruirlas es no respetar la historia e identidad propias. Por otro lado, es de ley comprender a los que no consideran fiesta la tortura y ejecución de un animal. A mí, personalmente, los toros no me molestan, ni fu ni fa. Lo que sí que me fastidia sobremanera es el totalitarismo de salón, la castración de la libertad para decidir, pensar y sentir: prohibir algo es asesinar con alevosía el derecho de todos de optar sin presiones por aquello que apetece, sin más, si entrar en guerras políticas y demás maniobras de distracción orquestadas por la casta que dirige el Estado y las Autonomías. Nos cargamos el juego democrático y no nos estamos dando cuenta