A ver si termina el martes, el Barcelona se cepilla al Madrid o el Madrid se carga al equipo catalán, que me importa un bledo, de verdad. Tengo ganas de que pase esta cruz, esta guerra que sólo sirve para atentar contra los sentidos (agilipollarnos). Y es que tengo a mi hijo de cinco años entre cabreado y triste. Fácil de explicar. Merengón como es, por un lado se indigna ante la lamentable y exagerada representación de dolor que exhiben algunos jugadores del Barcelona, que parece que les disparan francotiradores desde las torres de iluminación. Porque tiros deben ser, tal y como se retuercen de dolor. Y por otro lado, hay que verle la cara a Tomasete cuando se habla de lo torpe y mal que está jugando su equipo del alma. Sin consuelo está el pobre, lo bueno que es Messi y lo que falla Cristiano en las ocasiones importantes.
Yo, encima, le aumento su pesar al no esconder el asco total que me están produciendo ambos equipos, que para mí como si desaparecen los dos. Que no se me enfade nadie, pero esto de los sentimientos en el fútbol es muy particular, y yo el corazón lo entregué desde que recuerdo al Hércules. Y, verán, este fin de semana, los de la capital y los catalanes me han hecho una jodienda de marca mundial. Así que estoy de estrellitas de Belén, actores sin vergüenza, chulos malcarados, filósofos insoportables, soberbios impresentables y demás componentes de esta farándula hasta las narices. Ya le he dicho a mi hijo que se olvide de clásicos en casa, que ya me dan arcadas.
Para postre, lo que es la casualidad de las cosas, que no se nos escape lo bien que le ha venido a algunos que yo me sé la retahíla de enfrentamientos futbolísticos. Mira por dónde se han encontrado con unos días en los que nadie habla ni del paro, ni de la debacle política, social y económica, ni de lo inútiles que son. De muerte, no hay mal que por bien no venga. Como lo de Bin Laden. Los americanos se lo cargan en el momento más oportuno posible, cuando peor cantan las cosas en los USA para Obama. Premio para los dueños del mundo libre, que por fin han eliminado al hijo de mil padres éste. Lo que no alcanzo a comprender, tonto que debo ser, es por qué han tirado el cuerpo al mar, por qué se han deshecho del cadáver, con lo que les va a ellos el espectáculo…
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lunes, 2 de mayo de 2011
sábado, 27 de noviembre de 2010
Vamos al recreo: Barcelona-Madrid
Tocaba el timbre y salíamos todos disparados al patio, dispuestos a correr como pavos sin cabeza detrás de una pelota. No existía otra cosa en el mundo más importante que esa. Un chapí-chapó o un pares o nones, dos equipos de veinte para arriba, un campo de tierra y a correr. No sabías quién iba con quién, el mismo que te pasaba la pelota, en la siguiente jugada te la robaba y te metía un gol, ejerciendo de tránsfuga. Igual contabas con tres porteros, todos con la condición de regateadores, que igual la portería sufría el más miserable abandono, a merced de los palomeros que indefectiblemente rondaban junto a los postes sin parar de pedirla. Luego estaban aquéllos que controlaban bien el tema, que sabían, que llevaban el balón pegado a los zapatos y chupaban sin piedad, ante el aburrimiento del resto. En ocasiones estos últimos jugaban solos, mientras los modestos peloteros desertábamos y nos entregábamos a las canicas, a tirarnos piñas y piedras o, simplemente, a sentarnos a disfrutar del espectáculo. Era maravilloso, una catarsis absoluta, los problemas olvidados, enterrados entre el polvo, expulsados a patadas y empujones. Era el recreo, la liberación.
El fútbol tiene estas cosas. España está quebrada, rota por la incalificable ineptitud de los dirigentes políticos. El domingo, Cataluña habrá puesto en juego su gobernabilidad y, quién sabe, si la del país también. El lunes, algunos afortunados trabajarán y otros continuarán buscando su fortuna, mientras los mercados seguirán especulando con nosotros, extrayéndonos la sangre sin piedad. Los rectores del Estado insistirán en su lamentable deambular, exponiendo las vergüenzas propias y ajenas. Pero todo perderá su trascendencia al llegar la noche; repicará el timbre y saldremos al patio. En ese momento, los españoles nos entregaremos al fútbol, dedicaremos nuestra pasión a un Barcelona-Real Madrid que anulará la razón y desterrará rabia y penas. Seguro que pasaremos un buen rato. Lo malo vendrá después, cuando los Ronaldo, Messi y demás terminen con su negocio y volvamos al nuestro, a la puñetera realidad, a aplicarnos duramente para que los Zapatero y compañía no nos pinchen el balón, dejándonos sin recreo.
El fútbol tiene estas cosas. España está quebrada, rota por la incalificable ineptitud de los dirigentes políticos. El domingo, Cataluña habrá puesto en juego su gobernabilidad y, quién sabe, si la del país también. El lunes, algunos afortunados trabajarán y otros continuarán buscando su fortuna, mientras los mercados seguirán especulando con nosotros, extrayéndonos la sangre sin piedad. Los rectores del Estado insistirán en su lamentable deambular, exponiendo las vergüenzas propias y ajenas. Pero todo perderá su trascendencia al llegar la noche; repicará el timbre y saldremos al patio. En ese momento, los españoles nos entregaremos al fútbol, dedicaremos nuestra pasión a un Barcelona-Real Madrid que anulará la razón y desterrará rabia y penas. Seguro que pasaremos un buen rato. Lo malo vendrá después, cuando los Ronaldo, Messi y demás terminen con su negocio y volvamos al nuestro, a la puñetera realidad, a aplicarnos duramente para que los Zapatero y compañía no nos pinchen el balón, dejándonos sin recreo.
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Barcelona-Real Madrid,
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