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lunes, 30 de julio de 2012

Baronías Populares S.L.


Definamos barón. Título nobiliario con el que los reyes muestran su gratitud hacia ciertas personas. El siglo XVII en pleno XXI. El PSOE  exhibía sus baronías y Zapatero otorgaba dominios a torpes, trepas e ineptos. Ahora Mariano Rajoy también cierra su círculo noble. Con dinero o sin dinero, hace siempre lo que quiere y su palabra es la ley. Señores ilustres gozando de derechos feudales, catalogados a la derecha del padre por un rey que yerra por cobardía. Barones azules, que no rojos, sin la ilustración de Montesquieu y con la desvergüenza del que luce su inmundicia abriéndose un abrigo. Por debajo en la jerarquía del Conde, sucesor en ciernes del monarca salvo abortos varios, obedientes discípulos del poder.
Cuatro horas han bastado entre Presidente y barones para obtener el compromiso unánime de los mismos con la agenda reformista y la somanta de palos que mal aguanta ya el vasallaje.  Una foto familiar para el retrato del pintor de cámara y juntos, a arreglar un país desecho por los costados. La cúpula militar renovada, las fuerzas de seguridad del Estado encaradas, la ciudadanía ahogada y humillada, uno de cada cuatro en el paro. Nosotros por un lado. En el otro, salvapatrias, políticos de medio pelo, al mando y en la oposición, unos destinados a explicar bien las razones de los ajustes, y otros intentando subirse a un carro en el que nadie quiere abyectos y lamentables parásitos de la casta.
No confío en ellos, en ninguno. No atisbo un gesto inspirador. Desmontan los servicios públicos por la base, despiden a miles de trabajadores pero ellos, su mafia, se ubican y reubican, mejorando sus posiciones. Entre barones, señores e hidalgos, además de algún bufón aprovechado y varios rastreros y serviles, suman casi 450.000 en el ejército del enemigo. Cuestan mucho y valen poco, pero se bastan para saquear y devastar España. Liquidan una televisión autonómica, depósito oficial de amigos, despidiendo a 1.000 de la tropa pero mantienen, aquí o allá, a los caros, a los directores del colegueo y secretarios de la cosa. Mientras, su dueño y barón Fabra, en plena mendicidad, contrata cinco asesores nuevos para celebrar la ruina por todo lo grande. En la calle contraria los rivales, de boquita, no sueltan la teta ni con agua hirviendo, han hecho de la mamandurria su objetivo y del engaño su profesión. Así funciona el tema a lo largo y ancho.
Hay que colocar al socio. Asesor. Palabra mágica que define a ciertos empleados públicos que acceden a la administración por los principios de desigualdad, demérito e incapacidad. Todos valores que no hay sentido legal común que admita, salvo el entramado interesado que es la legislación española. El corsario crea sus propias leyes, blinda su ultraje y se ríe del administrado.
Buscan los de la casta el sacrificio, dicen que no quieren que seamos griegos. Yo tampoco. Prefiero por mil y una vez ser islandés, mirarles a los ojos y decirles a esta legión que se marchen, no sin antes forzarles a pasar por caja y juzgado. A los de ahora, a los de antes, a los que abandonaron el barco cuando el agua llegaba a cubierta, a los que se han borrado del país, a los que se escudan en el rango familiar, a los que quieren que rescatemos sus negocios con nuestra hambre y a los que pretenden imponer su tiranía económica. A todos ellos. De arriba hacia abajo, depurarles, exigirles su responsabilidad y despedirles, a la puñetera calle, o encerrarles de por vida. De la misma vida que han destruido. Sin perdón hacia el ladrón.
Así que no me hablen de barones, que me toca mucho la moral. Y otras cosas.

domingo, 30 de enero de 2011

Baronías y demás sandeces

Nunca he entendido lo de las baronías en el PSOE. Resulta que un partido socialista está dirigido por un grupo de personas a las que, o bien porque ellos así lo desean o bien por costumbre, se les reconoce y bautiza como nobles. Personas privilegiadas, cortesanos que gozan de unos privilegios estamentales que les otorga la posición, tan cerca de las alturas y del señor del castillo, como tan lejos del socialismo de base.
Estos barones en su mayoría son y/o ejercen como estómagos agradecidos que bien saben que de no ser por el aquél al que adulan, al que pelotean con miseria y sin vergüenza, no habría un hueco en la sociedad donde descansar su torpeza. Por eso tienen que lamer la mano de su jinete aunque éste les haya fustigado, limpiarle los zapatos a su capitán aunque lleven un recuerdo canino y besar el suelo por el que se arrastra el cadáver político.
José Blanco es la definición perfecta del personaje que intento definir. Pelota hasta el agotamiento, en deuda eterna con Zapatero, lo vende y lo venderá como si de un histórico en la democracia española estuviésemos hablando. Y parte de razón no le falta. Los libros le calificarán a él y a su banda, que quedarán para la posteridad como los peores gobernantes habidos, imposibles de imitar. Como cierto es que cada uno tiene un sitio en la vida, el de José Luis Rodríguez Zapatero es un trono de cerámica blanco con tapadera, y el del cobista, estar enrollado para lo que pueda necesitar su jefe.

Siguiendo con la función, Blanco ha proclamado que nunca conoció un socialista mejor. Y 2500 han aplaudido como locos esta mentira, este nuevo insulto a los socialistas de verdad. Después, Chaves, Griñán, Antich, Alarte, todos con su discurso, sin percatarse de que éstos parecían cartas de despedida póstuma, paladas de tierra sobre un ataúd, lágrimas de cocodrilos de plástico, las palmaditas de ánimo en la espalda del condenado, el último serpenteo a los pies del amo.
Dos perlas a destacar. De matrícula es la frase “El mejor piloto es Zapatero”, gloriosa fábula de Óscar López, de Castilla y León, en la que ha colocado a su amo al frente del mejor Fórmula 1 de la política. Para partirse el pecho durante tres días. Y de cum laude "Si no hubiésemos actuado con responsabilidad estaríamos dirigiendo al PSOE a una derrota segura y alejando la posibilidad de gobernar por muchos años" (¿en serio no ve el leñazo que se van a meter?). Ésta es del inefable, del inigualable, del Godoy de Zapatero, José Blanco, genio entre los genios y pelota hasta provocar nauseas.