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jueves, 6 de enero de 2011

La quimera del oro

El otro día me reí a gusto con la genial película de Chaplin “La quimera del oro”, especialmente con las secuencias en las que el hombrecillo y Big Jim se comen una bota después de hervirla convenientemente. Ver a Charlot saboreando el cordón y repelando los clavos de la suela, mientras el compañero de fatigas se come a bocados la puntera de la misma, es a mi modesto entender una de las escenas maestras en esto del cine. Los ojos hundidos en ojeras de hambre, la expresión de satisfacción de uno y de resignación del otro ante el banquete, y los gestos soberbios del grandísimo actor del bombín y el bastón, reflejan con una maravillosa perfección la actitud del ser humano ante una situación límite. Imaginación y conformidad.
Lo que ocurre es que tras las risas y el placer de la representación de Chaplin, me quedé un rato pensando, sólo un rato, y la imagen hilarante y cachonda se tornó en triste, en cruel y triste realidad. Sensible como estoy ante la miseria que nos ataca y contra la que ya no me quedan más armas que la voluntad y las palabras, me imaginé a mí mismo en el lugar de Charles Chaplin y a ti que estás leyendo esto sentado al otro lado de la mesa, desesperado por echarte algo a la boca para comer, lo que sea, incluso una bota cocida. Los dos compartiendo piel, goma y clavos, elevándolos a la categoría de manjares. Y conformándonos con ello, dando por bueno el acceso a la comida y por exquisito el plato.
Quién sabe hasta qué punto la situación que te comento puede llegar a producirse, si no es que ya está ocurriendo. Porque, con una gran congoja, te cuento. A día de hoy nos estamos comiendo, tú y yo, lo que nos queda por pulir, y recurrimos en ciertos momentos a lo que sea con tal de sobrevivir. Y si disponemos de una bota para zamparnos, aún damos gracias por ello y nos hurgamos entre los dientes con los clavos. ¿Y sabes por qué? Porque nos han convencido de que no hay otra, de que tenemos que criar ojeras y agradecer lo que nos otorguen en su desgraciada generosidad los miserables que han transformado nuestra casa en una ruinosa cabaña que se cae a pedazos. Ahí, sentados los dos y saboreando con ansia la basura que nos han colocado, mientras esperamos el oro prometido. Quizás tú y yo deberíamos salir de caza y probar a ver si así cambiaba nuestra suerte. No sé como lo verás, pero cuando se nos acaben las botas nos tendremos que comer los unos a los otros. Demasiado metafórico, ¿verdad? Tú, que estás conmigo en el lío, ¿qué piensas? ¿Quieres continuar alimentándote de suelas mientras otros se ceban? Algo tendremos que acabar haciendo tú y yo, juntos.

domingo, 2 de enero de 2011

Senado, caro y peligrosamente inútil

Digo yo que tampoco sería muy difícil que se entendieran entre ellos, sin necesidad de traductores. Pero parece que no. En la política de baratillo que se hace en el país, conviene más proteger el idioma en el mensaje que el contenido del mismo. Lo mismo da que lo que se diga sea no sirva para nada, que sea más basura de la acostumbrada o no conduzca a ningún sitio. Lo importante es que el vehículo sea el propio, que el lenguaje se imponga al contenido. Cueste lo que cueste, que traduzcan lo que yo diga, pues es mi derecho. Y tiene razón el incomprendido; en su derecho está el expresarse en su lengua y en su derecho está el que se pongan los medios para ser escuchado, no sólo oído. Y ese derecho nos va a costar a los españoles 12.000 euros por sesión. Es igual, como sobra, a gastar, que no pasa nada. Teniendo en cuenta que los miembros del senado únicamente conocen su idioma, ya que provienen de selvas inexploradas o han estado de misiones los últimos veinte años, totalmente aislados del mundo, y que pedirles a los mismos que se esfuercen un poco en entenderse, que con ganas y agudizando los sentidos no iba a ser tan complicado, buscar lógica es dar de comer margaritas a los cerdos, por lo que no nos queda otra que sacrificarnos nosotros para que ellos y sus 400 auriculares hinchen su soberbia y dejen reposar su impresentable y caprichosa actitud sobre escaños que no merecen.
Que no discuto el derecho a la libertad de expresión y a la comunicación en el idioma que cada uno considere. Eso es un derecho, y como tal no se puede ni plantear su legitimidad. Lo que digo es que el horno no está para estas chorradas, que hay cosas más importantes que hacer, y que, hasta que pase el temporal, se pueden realizar todas en castellano, que no salen sarpullidos por hablarlo, que lo de que se trata de es comprenderse los unos a los otros, aunque haya que esforzarse un poco, que no les va a costar tanto pensar, de verdad. Miren ustedes, señoras y señores senadores. Si ahora mismo en este país hay algún organismo prescindible, por lo caro e inútil del mismo, no es otro que el Senado. Y con comportamientos como éste, lo único que consiguen ustedes es que cada vez esté más claro que para lo que hacen, mejor en sus respectivas casas, que saldrían más baratos. En lugar de buscar traductores para sus propuestas y soluciones, deberían dedicar su energía a localizar las mismas, porque llevan una temporada en la que cobran lo que cobran por cero o nada. Y lo que no es efectivo y productivo, sobra. Ergo, ya me dirán qué hacemos. Claro, que esto es sólo una opinión.