El presidente del Gobierno mantiene su previsión de viajar a Túnez el miércoles. Objetivo del viaje, respaldar el proceso de transición democrática del país. Loable misión la del Obama europeo. Y además, arriesgada, pues no se sabe bien quién le va a recibir, si le van a recibir y, lo más divertido de todo, si el que le reciba pintará algo en el país al día siguiente de haberle recibido. Al ritmo que marcan los acontecimientos de Túnez, el nuevo primer ministro Beyi Said Essebsi, sustituto del dimitido Mohamed Ghanuchi, igual dura menos de dos telediarios, o igual cumple las perspectivas del ejecutivo español, que piensa que alcanzará hasta mediados de julio, fecha prevista para las elecciones. Sea como sea, hay que ir aunque a pie de pista sólo aparezca una azafata con un cartel con su nombre.
Porque no nos engañemos, en política exterior seguimos con la máxima de que la foto es la foto, y no hay que perdérsela. Zapatero tiene que ser el primero en aparecer abanderando la democracia y la libertad y, en el fondo, le importa tres cuartos quién esté en el aeropuerto cuando él llegue, quién gobierne en el país y de qué país se trate. Aquí lo fundamental es que quede constancia de su liderazgo mundial, de su nivel interplanetario, de la magnitud de su misión entre los mortales antes de ascender en cuerpo y alma al reino de los cielos.
Dentro de mi ignorancia y teniendo en cuenta la mala leche que me produce cualquier cosa que haga Zapatero (he de reconocer que no estoy en condiciones anímicas de aguantarle ninguna tontería más), yo le sugeriría al Presidente del Gobierno que, ya que le ha entrado el gusanillo viajero y blande orgulloso la espada de la libertad, pasara de largo por Túnez y se dejara caer en Marruecos antes de que las cosas se líen serias en el país de Mohamed VI y el dictador comience a derramar la sangre de su pueblo. Al fin y al cabo, no estaría de más decirle al monarca alauita que cuando su gente despierte y le exija libertad y cuentas haría bien en controlarse, que tiene el gatillo fácil. Y de paso, que cuando se las vea muy negras (qué se las verá) que no intente escapar por Ceuta o Melilla, que por allí le tienen ganas.
Un sitio donde reflejar lo que piensas. Te invito a que compartas conmigo tu libertad.
lunes, 28 de febrero de 2011
viernes, 25 de febrero de 2011
Poeta y biógrafo
Como el conejo de las pilas. No tiene fin; dura, dura y dura, fábula tras fábula, es un espléndido aeda, un fantástico juglar. Nuestro Virgilio, Zapatero, elogia la actual protección social en España, y lo ejemplifica con la biografía ficticia de un ciudadano desde el momento en que nace, y sus padres pueden cuidarle gracias a los permisos laborales, hasta que se jubila y cobra la pensión. La imaginación al poder.
Porque vamos a ver. Nacer, se nace y con el alumbramiento se adquieren una serie de papeletas para el juego éste de sobrevivir por etapas en España, el país de nunca jamás (nunca jamás será lo que era antes de que las zarpas del poeta lo dejaran en cueros). El primer sorteo reparte en premios la fortuna de que al menos uno de los progenitores esté currando o reciba algún ingreso. Caso contrario, el recién nacido entra ya con mal pie, debuta en este mundo con penurias, sino hambre (aspectos ambos que también pueden producirse incluso contando con que padre o madre trabaje y no le alcance ni para el 10 del mes). Supongamos que la suerte le acompaña y ¡sí, es hijo de asalariados! (suenen timbales y trompetas, que el reino de los cielos se abre para felicitar la bonanza).
Acto seguido, empieza su andadura en el mundo educativo. Ahora es cuando se sortea el acceso a una buena formación, supeditado al sistema vigente y siempre relacionado con que los que le mantienen puedan permitírselo, que lo de la educación gratuita, y un carajo. Aquí hay pocas posibilidades de éxito: o vales porque naces con ello, o la ESO se encargará de hundirte en la desesperación y el desconocimiento (es el momento de dar tres hurras por los que parieron el actual sistema educativo, auténticos enemigos de la lógica y la razón, infames cenutrios que ya han destruido varias generaciones).
Pero, sigamos suponiendo que la suerte camina con él. El protagonista del cuento llega a la Universidad, estudia lo que puede pagarse y, milagro milagrito, termina sacándose un título. Es el turno ahora de la rifa más difícil, aquélla en la que conseguir un trabajo digno es la recompensa suprema. Tal y como está el patio, o hay padrinos poderosos, o a hacerse colegas en las colas del INEM. Pero ya que estamos en un mundo ficticio, imaginemos que logra un trabajo que encima se parece en algo a lo que ha estudiado. Nos hallamos ante un ser feliz y dichoso, al que la estructura social va a devorar ( hay que hipotecarse, buscar la independencia, hipotecarse, vivir bajo un techo, hipotecarse, quizás un coche, hipotecarse, formar familia,…). Pero no pasa nada, a cotizar, aunque sea a saltos, seis meses aquí, un año en el paro, un contrato de quince días, un año en el paro, tres años en otro sitio (hasta que quiebra), un año en el paro, una sustitución de verano, un año en el paro, etc. Una vida dichosa, llena de felicidad.
Entra en escena otra lotería, la de la salud. El instinto le mantiene en la brega y si consigue esquivar las trampas de la vida (las propias y las que te obligan a sufrir la inseguridad social y los hospitales públicos), llega a la jubilación, con 67, 68, 69 o lo que toque. Le computan lo cotizado y descubre que con lo que le queda, si paga la luz no come. Y siempre con la duda de que exista algo en la caja para él, no sea que cuando sea su turno no quede ni un maravedí (recuperaremos las monedas antiguas, tiempo al tiempo).
Esta historia se aproxima más a la realidad que el relato mágico del Capitán Araña. Eso de que un ciudadano nace, es cuidado mientras crece, se jubila y cobra la pensión (habrá que trabajar antes) no es que sea falso, es que es una estupidez más. El actual español nace, crece, se reproduce y con el Cucal Zapatero muere y desaparece. Así de fácil.
Porque vamos a ver. Nacer, se nace y con el alumbramiento se adquieren una serie de papeletas para el juego éste de sobrevivir por etapas en España, el país de nunca jamás (nunca jamás será lo que era antes de que las zarpas del poeta lo dejaran en cueros). El primer sorteo reparte en premios la fortuna de que al menos uno de los progenitores esté currando o reciba algún ingreso. Caso contrario, el recién nacido entra ya con mal pie, debuta en este mundo con penurias, sino hambre (aspectos ambos que también pueden producirse incluso contando con que padre o madre trabaje y no le alcance ni para el 10 del mes). Supongamos que la suerte le acompaña y ¡sí, es hijo de asalariados! (suenen timbales y trompetas, que el reino de los cielos se abre para felicitar la bonanza).
Acto seguido, empieza su andadura en el mundo educativo. Ahora es cuando se sortea el acceso a una buena formación, supeditado al sistema vigente y siempre relacionado con que los que le mantienen puedan permitírselo, que lo de la educación gratuita, y un carajo. Aquí hay pocas posibilidades de éxito: o vales porque naces con ello, o la ESO se encargará de hundirte en la desesperación y el desconocimiento (es el momento de dar tres hurras por los que parieron el actual sistema educativo, auténticos enemigos de la lógica y la razón, infames cenutrios que ya han destruido varias generaciones).
Pero, sigamos suponiendo que la suerte camina con él. El protagonista del cuento llega a la Universidad, estudia lo que puede pagarse y, milagro milagrito, termina sacándose un título. Es el turno ahora de la rifa más difícil, aquélla en la que conseguir un trabajo digno es la recompensa suprema. Tal y como está el patio, o hay padrinos poderosos, o a hacerse colegas en las colas del INEM. Pero ya que estamos en un mundo ficticio, imaginemos que logra un trabajo que encima se parece en algo a lo que ha estudiado. Nos hallamos ante un ser feliz y dichoso, al que la estructura social va a devorar ( hay que hipotecarse, buscar la independencia, hipotecarse, vivir bajo un techo, hipotecarse, quizás un coche, hipotecarse, formar familia,…). Pero no pasa nada, a cotizar, aunque sea a saltos, seis meses aquí, un año en el paro, un contrato de quince días, un año en el paro, tres años en otro sitio (hasta que quiebra), un año en el paro, una sustitución de verano, un año en el paro, etc. Una vida dichosa, llena de felicidad.
Entra en escena otra lotería, la de la salud. El instinto le mantiene en la brega y si consigue esquivar las trampas de la vida (las propias y las que te obligan a sufrir la inseguridad social y los hospitales públicos), llega a la jubilación, con 67, 68, 69 o lo que toque. Le computan lo cotizado y descubre que con lo que le queda, si paga la luz no come. Y siempre con la duda de que exista algo en la caja para él, no sea que cuando sea su turno no quede ni un maravedí (recuperaremos las monedas antiguas, tiempo al tiempo).
Esta historia se aproxima más a la realidad que el relato mágico del Capitán Araña. Eso de que un ciudadano nace, es cuidado mientras crece, se jubila y cobra la pensión (habrá que trabajar antes) no es que sea falso, es que es una estupidez más. El actual español nace, crece, se reproduce y con el Cucal Zapatero muere y desaparece. Así de fácil.
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Zapatero y Virgilio
Nuevos tiempos, nuevos golpistas
No pretendo que a alguien le escueza lo escrito aquí. Las situaciones y las personas son muy distintas ahora a lo que eran en el año 1.981, pero muchos conceptos presentan una peligrosa afinidad y una similitud en el fondo y en algunas formas que invitan a pensar que quizás, haciendo un ejercicio imaginativo, nos hallemos hoy en día frente a unos nuevos golpistas que han usurpado nuestra soberanía y que controlan el desarrollo de nuestra vida.
Muy distintas son las maneras de las que se puede llevar a cabo un golpe de estado, no es necesario entrar pistola en mano en el Congreso y echar los tanques a la calle; el ejército español está demostrando presencia, profesionalidad, fidelidad y paciencia, mucha paciencia. Por este lado no van los tiros. Ellos no son los golpistas del presente ni del futuro, todo lo contrario. Son los garantes de nuestra pobre democracia.
Un golpe de estado puede ejecutarse tanto con rapidez y sorpresa, como también lenta y pausadamente, con un ladino avance continuo, devorando instituciones, impregnando la sociedad, creando necesidades y aborregando al pueblo. Hoy en día, y es una opinión, estamos sometidos a una dictadura que, lentamente y sin descanso, se ha apoderado de nuestro modo de vida, que nos conduce como títeres por donde su índice de beneficios marca, que nos maneja con capricho exprimiéndonos hasta obtener rentabilidad. Y cuando el flujo neto de caja que podemos aportar es negativo, cuando costamos más de lo que podemos producir, nos abandona y nos somete a la miseria.
Los cabecillas de este totalitarismo, de esta dictadura económica son un grupo salvaje, sin escrúpulos, gente que tiene un euro en el lugar del corazón y el mercado de deuda en la cabeza, que se perfuma con petróleo, que trafica con divisas, que tolera o promueve guerras según el nivel de ingresos, que consiente la sangre y la opresión y que maneja las voluntades y actitudes de todas las naciones.
Como solos no pueden, para ejecutar su dominio se sirven de lacayos de confianza, políticos de medio pelo que han asaltado los gobiernos, que han creado una casta impenetrable que participa rastreramente de la manipulación, prostituyéndose a cambio de seguridad y riqueza.
Si entendemos un golpe de estado como la usurpación de la soberanía mediante el uso de la fuerza, física o no, con la consiguiente pérdida de derechos; si entendemos un golpe de estado como el sometimiento de la ciudadanía a los designios de unos pocos, sin tener opción a intervenir y si entendemos un golpe de estado como el secuestro de las libertades, alguien con imaginación podría llegar a ver en nuestra situación actual rasgos, actuaciones, comportamientos, normas y directrices políticas, económicas y sociales similares, por no decir idénticas. En este momento de las cosas, tengo la seguridad, sé que no somos dueños de nuestro futuro, que aquéllos que nos controlan contra nuestra voluntad consideran que no valemos nada y que nada vale la pena hacer por muchos de nosotros, carne de hambre. Pero también estoy convencido de que algún día esto cambiará, de que lograremos recuperar la dignidad y la libertad. Y por ello debemos pelear.
Muy distintas son las maneras de las que se puede llevar a cabo un golpe de estado, no es necesario entrar pistola en mano en el Congreso y echar los tanques a la calle; el ejército español está demostrando presencia, profesionalidad, fidelidad y paciencia, mucha paciencia. Por este lado no van los tiros. Ellos no son los golpistas del presente ni del futuro, todo lo contrario. Son los garantes de nuestra pobre democracia.
Un golpe de estado puede ejecutarse tanto con rapidez y sorpresa, como también lenta y pausadamente, con un ladino avance continuo, devorando instituciones, impregnando la sociedad, creando necesidades y aborregando al pueblo. Hoy en día, y es una opinión, estamos sometidos a una dictadura que, lentamente y sin descanso, se ha apoderado de nuestro modo de vida, que nos conduce como títeres por donde su índice de beneficios marca, que nos maneja con capricho exprimiéndonos hasta obtener rentabilidad. Y cuando el flujo neto de caja que podemos aportar es negativo, cuando costamos más de lo que podemos producir, nos abandona y nos somete a la miseria.
Los cabecillas de este totalitarismo, de esta dictadura económica son un grupo salvaje, sin escrúpulos, gente que tiene un euro en el lugar del corazón y el mercado de deuda en la cabeza, que se perfuma con petróleo, que trafica con divisas, que tolera o promueve guerras según el nivel de ingresos, que consiente la sangre y la opresión y que maneja las voluntades y actitudes de todas las naciones.
Como solos no pueden, para ejecutar su dominio se sirven de lacayos de confianza, políticos de medio pelo que han asaltado los gobiernos, que han creado una casta impenetrable que participa rastreramente de la manipulación, prostituyéndose a cambio de seguridad y riqueza.
Si entendemos un golpe de estado como la usurpación de la soberanía mediante el uso de la fuerza, física o no, con la consiguiente pérdida de derechos; si entendemos un golpe de estado como el sometimiento de la ciudadanía a los designios de unos pocos, sin tener opción a intervenir y si entendemos un golpe de estado como el secuestro de las libertades, alguien con imaginación podría llegar a ver en nuestra situación actual rasgos, actuaciones, comportamientos, normas y directrices políticas, económicas y sociales similares, por no decir idénticas. En este momento de las cosas, tengo la seguridad, sé que no somos dueños de nuestro futuro, que aquéllos que nos controlan contra nuestra voluntad consideran que no valemos nada y que nada vale la pena hacer por muchos de nosotros, carne de hambre. Pero también estoy convencido de que algún día esto cambiará, de que lograremos recuperar la dignidad y la libertad. Y por ello debemos pelear.
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miércoles, 23 de febrero de 2011
Gadafi, un loco asesino
"Yo no me voy a ir con esta situación. Moriré como un mártir". Muamar el Gadafi está, definitivamente, como una cabra. Un loco armado y peligroso que mantiene como rehenes a la gran mayoría del pueblo libio, que se esconde tras mercenarios que asesinan al ritmo que marca su batuta y que no duda en utilizar los aviones del ejército para masacrar a los suyos. Carga contra la comunidad internacional y las cadenas de televisión extranjeras porque, en su opinión, distorsionan la realidad y "trabajan para el diablo" mientras él se encarga de destruir Libia.
Desde las ruinas del palacio destruido por los bombardeos de EE UU en 1986, el líder libio escenifica su tragedia y define a los que sólo buscan libertad como drogadictos y borrachos, delincuentes manipulados por fuerzas externas. Según Gadafi, “los libios son libres puesto que el poder está en manos del pueblo". Todo un discurso de un orate al que sólo mantienen en el poder los soldados a sueldo y el eficaz trabajo de los cazabombarderos y los helicópteros, balas para matar el deseo de libertad, amenazas de muerte para los que se opongan a su dictado. Cínico y mentiroso, como todos los cobardes, Gadafi, pese a las evidencias, niega que hasta el momento se haya empleado la violencia, aunque advierte que si necesita recurrir al uso la fuerza, lo hará. Inundará de sangre las calles si así se le antoja y para ello se servirá de sus partidarios, aleccionados para comenzar el exterminio de las ratas que siembran los disturbios.
Aquéllos que le han acompañado, ahora le abandonan, conscientes de la brutal matanza que se está perpetrando en el país. El ministro del Interior libio expresa su rechazo a Gadafi, anuncia su apoyo a los manifestantes y pide al ejército que se una al pueblo para defender sus "legítimas demandas". Varios diplomáticos libios, al igual que el representante de este país ante la Liga Árabe, han roto con el dictador y claman para que abandone. El demente se queda solo, rodeado únicamente de los que aún aceptan su dinero y de los que han sido sus cómplices, los perros más fieles de la dictadura. Poco le queda o bien para morir o bien para huir. Me inclino más por lo segundo, aunque dado el desequilibrio mental con el que sostiene su espada Gadafi, capaz es de entregar su vida. Eso sí, matando.
Desde las ruinas del palacio destruido por los bombardeos de EE UU en 1986, el líder libio escenifica su tragedia y define a los que sólo buscan libertad como drogadictos y borrachos, delincuentes manipulados por fuerzas externas. Según Gadafi, “los libios son libres puesto que el poder está en manos del pueblo". Todo un discurso de un orate al que sólo mantienen en el poder los soldados a sueldo y el eficaz trabajo de los cazabombarderos y los helicópteros, balas para matar el deseo de libertad, amenazas de muerte para los que se opongan a su dictado. Cínico y mentiroso, como todos los cobardes, Gadafi, pese a las evidencias, niega que hasta el momento se haya empleado la violencia, aunque advierte que si necesita recurrir al uso la fuerza, lo hará. Inundará de sangre las calles si así se le antoja y para ello se servirá de sus partidarios, aleccionados para comenzar el exterminio de las ratas que siembran los disturbios.
Aquéllos que le han acompañado, ahora le abandonan, conscientes de la brutal matanza que se está perpetrando en el país. El ministro del Interior libio expresa su rechazo a Gadafi, anuncia su apoyo a los manifestantes y pide al ejército que se una al pueblo para defender sus "legítimas demandas". Varios diplomáticos libios, al igual que el representante de este país ante la Liga Árabe, han roto con el dictador y claman para que abandone. El demente se queda solo, rodeado únicamente de los que aún aceptan su dinero y de los que han sido sus cómplices, los perros más fieles de la dictadura. Poco le queda o bien para morir o bien para huir. Me inclino más por lo segundo, aunque dado el desequilibrio mental con el que sostiene su espada Gadafi, capaz es de entregar su vida. Eso sí, matando.
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Sesión de descontrol el 23-F
“No, hombre, no, que hoy no es el día, que me viene muy mal. Verá usted, a lo que me pregunta prefiero no contestar, no se tercia que usted me requiera sobre el tema económico siendo la fecha que es. Treinta años hace que fracasó la intentona de golpe de estado, y debemos estar centrados únicamente en rememorar el triunfo de la democracia y en felicitarnos todos los que estamos en la Cámara por lo libres que somos.
Así que no sea impertinente, no me pregunte sobre mi valoración al respecto de la caída del 0,1 % de la economía española comparada con la subida del 1,7 % de la zona euro. Eso es una menudencia comparada con la magnitud de lo que celebramos. Confórmese con el habitual no sé, no contesto, o, si así lo prefiere, le digo lo acostumbrado, que su política es echarme la culpa de todo, y tan contentos. Eso sí, para que lo tenga presente, si el martes que viene insiste usted en el fondo y forma de sus cuestiones, no espere respuestas concretas. Parece mentira que no sepa ni respete algo tan importante como la creación en 1.872 del Parque Nacional Yellowstone en los USA, hogar y morada del oso Yogui y de BuBu, a la sazón iconos del buen hacer a los que he imitado últimamente. Si demuestra paciencia, en un par de añitos le permitiré un análisis más acertado de la situación. Un poco de por favor, no me pierda la compostura, que está usted meando fuera del tiesto.”
Así hablo Zaratustra en el Congreso el día 23 de febrero del 2011, en la sesión de control y ante las preguntas de Mariano Rajoy. Palabra de dios, te alabamos, óyenos (alucinante es poco).
Así que no sea impertinente, no me pregunte sobre mi valoración al respecto de la caída del 0,1 % de la economía española comparada con la subida del 1,7 % de la zona euro. Eso es una menudencia comparada con la magnitud de lo que celebramos. Confórmese con el habitual no sé, no contesto, o, si así lo prefiere, le digo lo acostumbrado, que su política es echarme la culpa de todo, y tan contentos. Eso sí, para que lo tenga presente, si el martes que viene insiste usted en el fondo y forma de sus cuestiones, no espere respuestas concretas. Parece mentira que no sepa ni respete algo tan importante como la creación en 1.872 del Parque Nacional Yellowstone en los USA, hogar y morada del oso Yogui y de BuBu, a la sazón iconos del buen hacer a los que he imitado últimamente. Si demuestra paciencia, en un par de añitos le permitiré un análisis más acertado de la situación. Un poco de por favor, no me pierda la compostura, que está usted meando fuera del tiesto.”
Así hablo Zaratustra en el Congreso el día 23 de febrero del 2011, en la sesión de control y ante las preguntas de Mariano Rajoy. Palabra de dios, te alabamos, óyenos (alucinante es poco).
martes, 22 de febrero de 2011
23-F de hormonas
Parece que toca recordar lo que estaba haciendo uno el 23 de febrero de 1.981. Todo el mundo detalla a la perfección cómo le cogió el golpe de estado. Se ve que las memorias crean archivos imborrables cuando vienen sustos de éstos. Yo, quizás porque tenía trece años y mis hormonas estaban más en otras cosas, tengo un recuerdo borroso sobre a qué dedicaba aquella tarde. Recién terminada la jornada escolar, posiblemente no estuviera haciendo nada de nada, ni tan siquiera me había enterado hasta que llamó a mi casa la madre de un compañero de clase que solía pasar algunas tardes conmigo vagueando. Al preguntarme por mi colega, yo le dije que ni idea, que vaya usted a saber. Ella se encontraba muy nerviosa, muy alterada “¿No te has enterado de lo que está pasando?” La verdad, pues no, le contesté. “Hay un golpe de estado, la guardia civil ha entrado a tiros en el Congreso, y el golfo de mi hijo está ilocalizable. Ayúdame a buscarlo, por favor” Cómo no, no te preocupes, le dije. Ya me lo imaginaba preso “Hay un toque de queda, dicen que los soldados patrullan las calles” Joder, qué emoción. Con la adrenalina disparada, intenté tranquilizarle, comprometiéndome a llamar a todos hasta que diera con su hijo. “Bueno, tranquila, que ya verás como aparece enseguida…”
Colgué el teléfono y entonces vi la luz. Ya sé dónde paraban él y otro más, y me siento culpable por no haberles delatado, pero comprenderán, no podía decirlo. Era martes, y los martes en un determinado cine especializado en películas para adultos, nos dejaban entrar a pesar de tener muchos más granos que años. Cuestión de hormonas, como ya he dicho antes. Aquel día creo que proyectaban “El fontanero, su mujer y otras cosas de meter”, o alguna otra obra maestra por el estilo. El caso es que los dos se fueron al cine, se tragaron la sesión entera, y cuando salieron se tropezaron con una ciudad desierta, acojonada, por la que, tenía razón la madre de mi amigo, los soldados patrullaban. Ni qué decir tiene que les faltaron piernas para llegar a sus respectivas casas, donde la somanta de palos que les propinaron aún les debe de doler.
Mientras, yo, pasé la velada pendiente de la radio y vigilando mis hormonas (otra vez). Que los trece años eran muy peligrosos. Nada de especial, nada para reseñar. Sólo que mi vecino de arriba bajó a despedirse; salió pitando hacia el aeropuerto, con el pánico dibujado en la cara. Sabía que si la situación se calentaba, el iba a ser de los primeros en escaldarse, y optó por poner tierra de por medio. Había miedo.
Colgué el teléfono y entonces vi la luz. Ya sé dónde paraban él y otro más, y me siento culpable por no haberles delatado, pero comprenderán, no podía decirlo. Era martes, y los martes en un determinado cine especializado en películas para adultos, nos dejaban entrar a pesar de tener muchos más granos que años. Cuestión de hormonas, como ya he dicho antes. Aquel día creo que proyectaban “El fontanero, su mujer y otras cosas de meter”, o alguna otra obra maestra por el estilo. El caso es que los dos se fueron al cine, se tragaron la sesión entera, y cuando salieron se tropezaron con una ciudad desierta, acojonada, por la que, tenía razón la madre de mi amigo, los soldados patrullaban. Ni qué decir tiene que les faltaron piernas para llegar a sus respectivas casas, donde la somanta de palos que les propinaron aún les debe de doler.
Mientras, yo, pasé la velada pendiente de la radio y vigilando mis hormonas (otra vez). Que los trece años eran muy peligrosos. Nada de especial, nada para reseñar. Sólo que mi vecino de arriba bajó a despedirse; salió pitando hacia el aeropuerto, con el pánico dibujado en la cara. Sabía que si la situación se calentaba, el iba a ser de los primeros en escaldarse, y optó por poner tierra de por medio. Había miedo.
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lunes, 21 de febrero de 2011
Zapatero, digno de valorar
José Bono, en una entrevista a la Cadena Ser, ha manifestado que " desde que Zapatero le ganó el Congreso en el 2000 no se ha permitido ni se permitirá el más mínimo regate en su contra porque Zapatero se va a engrandecer cuando ya no sea presidente del Gobierno", precisando a continuación que los sacrificios de Zapatero "el pueblo español los va a reconocer". Según el Presidente del Congreso, con los "ajustes difíciles y complicados, con una izquierda a nuestra izquierda que pareciera otra vez instalada en la pinza y con unas duras críticas como las que está recibiendo, es comprensivo que se duela y que su imagen esté mal". Toda una defensa del Gran Jefe que el mismo Bono resume al afirmar que "tenemos un gran presidente del Gobierno" y "detrás del presidente hay un hombre digno de ser valorado".
Bueno, bueno. No seré yo quién le discuta a José Bono su apreciación sobre el engrandecimiento de Zapatero cuando éste deje el cargo. Tiene toda la razón, pues es materialmente imposible que un ser humano se empequeñezca más de lo que ha conseguido nuestro presidente del Gobierno. Esta reducción jíbara se la ha trabajado con notable acierto, a base de improvisaciones, errores, más improvisaciones, más errores, y así en una serie infinita de torpezas y equivocaciones. Tiene mérito lo suyo. El problema es que en su imparable mengua ha arrastrado a todo el país, dejándolo bajo mínimos. Así que, ya que se llevan los dos a partir un piñón, entre café y café el presidente del Congreso podría convencer a Zapatero de que dejara ya de ridiculizarse él, y humillarnos a nosotros, y que tomara las de Villadiego. Todo un sacrificio que el pueblo español reconocería, un majestuoso detalle por su parte. Además, digo yo que si tan dolido está por las críticas, si tan mal se siente por la caída al abismo de su imagen y el efecto que provoca en sus propias filas, qué mejor remedio que tomarse unas vacaciones largas, muy largas. Empezaría entonces nuestro turno para valorar con justicia su encomiable labor de destrucción.
No dudo que José Luis Rodríguez Zapatero anda fastidiado el hombre, pues a buen seguro considera en su delirio que lo está haciendo de lujo. Lo que me hace renegar de todo esto es que nadie de los que le rodean y adulan le muestre la realidad de las cosas. Empieza uno a estar muy harto de este juego de políticos, de este peloteo rastrero. Si lo has hecho mal, te vas y punto, que no pasa nada. Esta campaña para que sintamos lástima del presidente, de sus señorías los ministros, de sus otras señorías diputados y senadores, y de los abnegados asesores y demás raza que acompaña al sistema, sólo me produce asco. La manipulación orquestada de las voluntades quizás fuese posible hace tiempo, pero a día de hoy quien más quien menos ya se ha caído de la higuera y dejado los piños contra el suelo, ya no cuela tan suave la mentira. Así que, ánimo, señor Bono, con un empujoncito que le dé usted, ayudado por el desequilibrio natural que caracteriza al presidente, y por el palo que nos van a meter desde Europa cuando vengan a cobrar lo que nos están prestando, con una miaja de suerte nos lo quitamos de encima. Eso sí sería digno de reconocer, agradecer, valorar y recordar eternamente.
Bueno, bueno. No seré yo quién le discuta a José Bono su apreciación sobre el engrandecimiento de Zapatero cuando éste deje el cargo. Tiene toda la razón, pues es materialmente imposible que un ser humano se empequeñezca más de lo que ha conseguido nuestro presidente del Gobierno. Esta reducción jíbara se la ha trabajado con notable acierto, a base de improvisaciones, errores, más improvisaciones, más errores, y así en una serie infinita de torpezas y equivocaciones. Tiene mérito lo suyo. El problema es que en su imparable mengua ha arrastrado a todo el país, dejándolo bajo mínimos. Así que, ya que se llevan los dos a partir un piñón, entre café y café el presidente del Congreso podría convencer a Zapatero de que dejara ya de ridiculizarse él, y humillarnos a nosotros, y que tomara las de Villadiego. Todo un sacrificio que el pueblo español reconocería, un majestuoso detalle por su parte. Además, digo yo que si tan dolido está por las críticas, si tan mal se siente por la caída al abismo de su imagen y el efecto que provoca en sus propias filas, qué mejor remedio que tomarse unas vacaciones largas, muy largas. Empezaría entonces nuestro turno para valorar con justicia su encomiable labor de destrucción.
No dudo que José Luis Rodríguez Zapatero anda fastidiado el hombre, pues a buen seguro considera en su delirio que lo está haciendo de lujo. Lo que me hace renegar de todo esto es que nadie de los que le rodean y adulan le muestre la realidad de las cosas. Empieza uno a estar muy harto de este juego de políticos, de este peloteo rastrero. Si lo has hecho mal, te vas y punto, que no pasa nada. Esta campaña para que sintamos lástima del presidente, de sus señorías los ministros, de sus otras señorías diputados y senadores, y de los abnegados asesores y demás raza que acompaña al sistema, sólo me produce asco. La manipulación orquestada de las voluntades quizás fuese posible hace tiempo, pero a día de hoy quien más quien menos ya se ha caído de la higuera y dejado los piños contra el suelo, ya no cuela tan suave la mentira. Así que, ánimo, señor Bono, con un empujoncito que le dé usted, ayudado por el desequilibrio natural que caracteriza al presidente, y por el palo que nos van a meter desde Europa cuando vengan a cobrar lo que nos están prestando, con una miaja de suerte nos lo quitamos de encima. Eso sí sería digno de reconocer, agradecer, valorar y recordar eternamente.
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