Qué duda cabe sobre la opinión general que casi todos los españoles tenemos respecto de los sindicatos y en especial de sus representantes. El desprecio, ganado a pulso por la actuación desarrollada durante los últimos años, es el sentimiento más común. Viviendo a la sombra del poder político, aquéllos que cobran por defender al resto de los trabajadores han traicionado sistemáticamente principios y objetivos, pervirtiendo los motivos y la incuestionable necesidad de la existencia de las agrupaciones sindicales. Acomodo, pasividad, cuando no beneficio propio, han regido el comportamiento bastardo de muchos, que no todos, consiguiendo con este proceder que el ciudadano rechace de pleno cualquier cosa que provenga de los mal llamados defensores de los derechos de los trabajadores.
Un sindicato, como tal, no debe hacer política, debe interpretar las medidas y leyes que emanan del poder legislativo, valorando la oportunidad, la legalidad, la influencia en el trabajo, la justicia, los caracteres positivos y negativos de las normas, los abusos y la idoneidad de los reglamentos. Debe positivar los acuerdos y hacerlos lo más beneficiosos posibles, a corto, medio y largo plazo. Y para ello tiene que dialogar, negociar hasta el final, sin verse sometido a ideologías, intereses particulares o sobornos encubiertos. En los trabajadores reside su fuerza, y obrar a espaldas de ellos no es más que una perversa felonía. En el momento en el que un sindicato actúa en conveniencia con el poder político, del que obtiene beneficio, posición y riqueza, deja ya de tener en su ideario aquello por lo que nació, aquello por lo que debería pelear. Hoy en día, para desgracia de la sociedad española, los derroteros por los que se mueve la lucha sindical distan mucho de los fines que le son legítimos.
Creo que los sindicatos son básicos, su existencia imprescindible. Pero no los actuales, no éstos, o al menos no cómo funcionan, ni cómo se estructuran ni cómo dicen ejercer la representación de todos y cada uno de los trabajadores. No, así no. La regeneración democrática debe empezar en la base si deseamos que algún día alcance a los rectores políticos. Desde abajo lograremos, quizás, cambiar el sistema, humanizarlo, hacerlo, en definitiva, más justo. Demagogia de salón, o a lo mejor no.
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lunes, 24 de enero de 2011
sábado, 23 de octubre de 2010
Pobreza
Los datos estadísticos están para interpretarlos y, como en este caso, para sufrir por ellos. Según lo recogido en la Encuesta de Condiciones de Vida realizada por el Instituto Nacional de Estadística, un 20,8% de los hogares españoles están situados bajo el umbral de la pobreza. Uno de cada cinco a nivel nacional, destacando Ceuta, Melilla y Extremadura con más de un 36 %, o Andalucía y Murcia con un 29 %. En estos cinco territorios un tercio de los hogares no puede cubrir sus necesidades básicas. Y ¡ojo!, que no se trata de no poder ir una semana de vacaciones o de no llegar a fin de mes, no (aquí alcanzamos los españoles un porcentaje mayor del 60). Se trata, simple y llanamente, de comer, de sobrevivir primariamente. Es devastador, trágico, de una dureza brutal. Y lo peor de todo es que no tiene visos de reducirse sino todo lo contrario.
Por mucha crisis de gobierno, por mucho cambio ministerial que se haga, los mimbres son los mismos. La política económica no va a variar, los derroteros por los que va a deambular nuestra deuda son funestamente idénticos, las perspectivas más optimistas de crecimiento para España son de un 0,6 %(no alcanza ni para una muela), la credibilidad es nula y tenemos el desastroso honor de tener la tasa de paro más alta de la zona euro. Y sin trabajo, la recuperación es imposible. No es una cuestión de pesimismo, es la puñetera realidad, guste o no.
Para colmo, el Gobierno va a dedicar su energía en lidiar por el poder, en una lucha por recuperar el terreno perdido con el Partido Popular, en una confrontación por ganar unas elecciones que, como última fecha, se celebrarán en 2012. De lo importante, de lo fundamental, ya podemos ir olvidándonos: de mejorar las condiciones de los españoles se hablará después de la cita. Lo primordial, lo imperativo es vencer, no bajarse del trono
Desde ahora hasta entonces, el camino a recorrer va a ser un tortuoso trazado político que va a obviar lo económico y lo social: se centrará en los sentimientos, en radicalizar las dos Españas que tanto interesan. Saldrán los doberman y nutrirán nuestra vida con descalificaciones, acusaciones y, por qué no, insultos. Desviar la atención y, de paso, entretener a la masa. Ni más ni menos.
Este es el truco, el timo: que nos separemos, que nos dividamos, que no pensemos como uno. Quieren un Estado que se odie y así poder controlarlo. Dos mitades ideológicas totalmente antagónicas que se recreen hurgando en sus rencores. Pero me da la sensación de que el asunto se les ha escapado de las manos: lo que han creado, el monstruo engendrado es un ser bicéfalo, una España de ricos muy ricos, y otra de pobres muy pobres, y cada vez más pobres. Aquí no dominan ni corazón ni razón: el que manda es el dinero. Tanto tienes, tanto vales. ¿Dónde están las ideas? Es difícil confiar en el que te vacía el bolsillo y no te llena la barriga.
Por mucha crisis de gobierno, por mucho cambio ministerial que se haga, los mimbres son los mismos. La política económica no va a variar, los derroteros por los que va a deambular nuestra deuda son funestamente idénticos, las perspectivas más optimistas de crecimiento para España son de un 0,6 %(no alcanza ni para una muela), la credibilidad es nula y tenemos el desastroso honor de tener la tasa de paro más alta de la zona euro. Y sin trabajo, la recuperación es imposible. No es una cuestión de pesimismo, es la puñetera realidad, guste o no.
Para colmo, el Gobierno va a dedicar su energía en lidiar por el poder, en una lucha por recuperar el terreno perdido con el Partido Popular, en una confrontación por ganar unas elecciones que, como última fecha, se celebrarán en 2012. De lo importante, de lo fundamental, ya podemos ir olvidándonos: de mejorar las condiciones de los españoles se hablará después de la cita. Lo primordial, lo imperativo es vencer, no bajarse del trono
Desde ahora hasta entonces, el camino a recorrer va a ser un tortuoso trazado político que va a obviar lo económico y lo social: se centrará en los sentimientos, en radicalizar las dos Españas que tanto interesan. Saldrán los doberman y nutrirán nuestra vida con descalificaciones, acusaciones y, por qué no, insultos. Desviar la atención y, de paso, entretener a la masa. Ni más ni menos.
Este es el truco, el timo: que nos separemos, que nos dividamos, que no pensemos como uno. Quieren un Estado que se odie y así poder controlarlo. Dos mitades ideológicas totalmente antagónicas que se recreen hurgando en sus rencores. Pero me da la sensación de que el asunto se les ha escapado de las manos: lo que han creado, el monstruo engendrado es un ser bicéfalo, una España de ricos muy ricos, y otra de pobres muy pobres, y cada vez más pobres. Aquí no dominan ni corazón ni razón: el que manda es el dinero. Tanto tienes, tanto vales. ¿Dónde están las ideas? Es difícil confiar en el que te vacía el bolsillo y no te llena la barriga.
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