Qué duda cabe sobre la opinión general que casi todos los españoles tenemos respecto de los sindicatos y en especial de sus representantes. El desprecio, ganado a pulso por la actuación desarrollada durante los últimos años, es el sentimiento más común. Viviendo a la sombra del poder político, aquéllos que cobran por defender al resto de los trabajadores han traicionado sistemáticamente principios y objetivos, pervirtiendo los motivos y la incuestionable necesidad de la existencia de las agrupaciones sindicales. Acomodo, pasividad, cuando no beneficio propio, han regido el comportamiento bastardo de muchos, que no todos, consiguiendo con este proceder que el ciudadano rechace de pleno cualquier cosa que provenga de los mal llamados defensores de los derechos de los trabajadores.
Un sindicato, como tal, no debe hacer política, debe interpretar las medidas y leyes que emanan del poder legislativo, valorando la oportunidad, la legalidad, la influencia en el trabajo, la justicia, los caracteres positivos y negativos de las normas, los abusos y la idoneidad de los reglamentos. Debe positivar los acuerdos y hacerlos lo más beneficiosos posibles, a corto, medio y largo plazo. Y para ello tiene que dialogar, negociar hasta el final, sin verse sometido a ideologías, intereses particulares o sobornos encubiertos. En los trabajadores reside su fuerza, y obrar a espaldas de ellos no es más que una perversa felonía. En el momento en el que un sindicato actúa en conveniencia con el poder político, del que obtiene beneficio, posición y riqueza, deja ya de tener en su ideario aquello por lo que nació, aquello por lo que debería pelear. Hoy en día, para desgracia de la sociedad española, los derroteros por los que se mueve la lucha sindical distan mucho de los fines que le son legítimos.
Creo que los sindicatos son básicos, su existencia imprescindible. Pero no los actuales, no éstos, o al menos no cómo funcionan, ni cómo se estructuran ni cómo dicen ejercer la representación de todos y cada uno de los trabajadores. No, así no. La regeneración democrática debe empezar en la base si deseamos que algún día alcance a los rectores políticos. Desde abajo lograremos, quizás, cambiar el sistema, humanizarlo, hacerlo, en definitiva, más justo. Demagogia de salón, o a lo mejor no.
Un sitio donde reflejar lo que piensas. Te invito a que compartas conmigo tu libertad.
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lunes, 24 de enero de 2011
miércoles, 20 de octubre de 2010
La revolución francesa
En esto de rebolicarse (expresión muy valenciana que define un estado de rebeldía e inquietud máxima) los franceses nos dan mil y una vueltas. Siempre han tenido más arrestos para plantarse frente a la autoridad, con o sin razón, utilizando absolutamente todos los medios que han tenido a su alcance. Bueno es recordar que derribaron el absolutismo monárquico que exprimía a su nación cortando cabezas a diestro y siniestro, convirtiendo las ejecuciones en ferias populares. También es cierto que la guillotina acabó girando su hoja contra los revolucionarios que, de esta forma, participaron como verdugos primero y después como víctimas del sangriento espectáculo. No se libró casi nadie de la furia, la mayoría pagó con sangre su rebelión.
Hoy, ahora mismo, en Francia las sucesivas huelgas amenazan con derribar por agotamiento la política de Sarkozy y su proyecto para las jubilaciones. El pulso es fuerte, cerrado y se radicaliza aparentemente con espontaneidad. Y digo que en apariencia porque hay quién dice que la rocosa organización de los sindicatos está detrás de los comportamientos más violentos. Se ataca sin compasión a un gobierno conservador y la pelea tiene visos de no terminar nunca.
Extrapolar esta sucesión de paros, este modelo de huelga sin final, renovable en cualquier instante del tiempo, y trasladarlo a España se me antoja imposible, una quimera irrealizable por varias razones. En primer lugar nos encontramos la situación política: en Francia un gobierno de derechas pretende realizar los recortes sociales y económicos y tropieza con sindicatos de izquierdas que, con el cuchillo en la boca, le niegan cualquier reforma, usando todo su poder para oponerse. El trabajador contra el opresor, la lucha sagrada. Aquí, en este nuestro país, un gobierno de izquierdas es el artífice del desaguisado y los sindicatos, subvencionados y agradecidos, se conforman con salir en un par de fotos, justificarse y con una pantomima de huelga y un par de enfervorizados discursos, la masa contenta (eso piensan). Los trabajadores no tienen una representación digna y la lucha, de sagrada se torna en una farsa orquestada por astutos directores.
En segundo lugar, los españoles andamos muy perdidos en esto de reivindicar. Algunos parecen no querer líos, tener más miedo que hambre. Otros no están dispuestos a seguirles el juego a líderes sindicales de desayuno caro y sofá. El resto pertenece al no sabe, no contesta: mientras a mí no me toque, que se apañen los demás. No existe el respaldo suficiente para organizar un pollo como el francés.
Y en tercer lugar, el factor más importante. Los estudiantes galos han optado por salir a la calle, involucrarse en la movida. La juventud del país vecino no está dispuesta a aceptar el proyecto de Sarkozy y va a extremar el conflicto con una participación activa y avasalladora. En España, con un sistema educativo que destruye vocaciones y genera de manera mayúscula la desgana y la desmotivación, el estudiante que piensa, el que tiene inquietudes es un bicho raro, y el mismo sistema se encarga de encasillarle y dominarle. El resto, ni fu ni fa. El futuro de España recaerá en jugadores de Play que anteponen botellón y fiesta a cualquier otra cosa. Y yo no les culpo, la sociedad les tiene anulados; levantan la cabeza, ven lo que tenemos para ofrecerles y se parten a reír. Entonces, si no protestan cuando se les pisa, mucho menos lo van a hacer cuando el que sufre es otro.
En resumen, aunque el caldo es el mismo, lo de Francia es una bullabesa como manda la ley y lo nuestro una sopa clarita sin picatostes siquiera.
Hoy, ahora mismo, en Francia las sucesivas huelgas amenazan con derribar por agotamiento la política de Sarkozy y su proyecto para las jubilaciones. El pulso es fuerte, cerrado y se radicaliza aparentemente con espontaneidad. Y digo que en apariencia porque hay quién dice que la rocosa organización de los sindicatos está detrás de los comportamientos más violentos. Se ataca sin compasión a un gobierno conservador y la pelea tiene visos de no terminar nunca.
Extrapolar esta sucesión de paros, este modelo de huelga sin final, renovable en cualquier instante del tiempo, y trasladarlo a España se me antoja imposible, una quimera irrealizable por varias razones. En primer lugar nos encontramos la situación política: en Francia un gobierno de derechas pretende realizar los recortes sociales y económicos y tropieza con sindicatos de izquierdas que, con el cuchillo en la boca, le niegan cualquier reforma, usando todo su poder para oponerse. El trabajador contra el opresor, la lucha sagrada. Aquí, en este nuestro país, un gobierno de izquierdas es el artífice del desaguisado y los sindicatos, subvencionados y agradecidos, se conforman con salir en un par de fotos, justificarse y con una pantomima de huelga y un par de enfervorizados discursos, la masa contenta (eso piensan). Los trabajadores no tienen una representación digna y la lucha, de sagrada se torna en una farsa orquestada por astutos directores.
En segundo lugar, los españoles andamos muy perdidos en esto de reivindicar. Algunos parecen no querer líos, tener más miedo que hambre. Otros no están dispuestos a seguirles el juego a líderes sindicales de desayuno caro y sofá. El resto pertenece al no sabe, no contesta: mientras a mí no me toque, que se apañen los demás. No existe el respaldo suficiente para organizar un pollo como el francés.
Y en tercer lugar, el factor más importante. Los estudiantes galos han optado por salir a la calle, involucrarse en la movida. La juventud del país vecino no está dispuesta a aceptar el proyecto de Sarkozy y va a extremar el conflicto con una participación activa y avasalladora. En España, con un sistema educativo que destruye vocaciones y genera de manera mayúscula la desgana y la desmotivación, el estudiante que piensa, el que tiene inquietudes es un bicho raro, y el mismo sistema se encarga de encasillarle y dominarle. El resto, ni fu ni fa. El futuro de España recaerá en jugadores de Play que anteponen botellón y fiesta a cualquier otra cosa. Y yo no les culpo, la sociedad les tiene anulados; levantan la cabeza, ven lo que tenemos para ofrecerles y se parten a reír. Entonces, si no protestan cuando se les pisa, mucho menos lo van a hacer cuando el que sufre es otro.
En resumen, aunque el caldo es el mismo, lo de Francia es una bullabesa como manda la ley y lo nuestro una sopa clarita sin picatostes siquiera.
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miércoles, 29 de septiembre de 2010
Se acabó la función
Aunque no se trata de una competición es inevitable lucubrar sobre quién ha vencido con claridad el pulso del 29 de septiembre. Ante unos sindicatos que han estado cocinando una huelga durante meses, que han vendido distintos motivos para justificar la convocatoria, que han saltado de culpable en culpable en un baile de teatrillo barato, ante todo esto y mucho más, el deseo de la gente por trabajar, por ejercer con libertad la opción de no sumarse a la huelga ha pasado por encima como un ciclón, sobreponiéndose a trabas y coacciones sindicales dirigidas por liberados ansiosos de dar razón a su existencia.
Quedarán para recuerdo las arengas revolucionarias, trasnochadas proclamas incendiarias propias de aquellos que no saben cómo cubrirse las espaldas y tapar su vergonzoso comportamiento durante los últimos años. Cándido Méndez oficiando de Pilatos, lavándose las manos ante la posible acción de algunos descerebrados. Ese grito fascista de “por las buenas, por las buenas o por las malas”. La carta a los trabajadores de los aeropuertos recomendándoles por su seguridad secundar la huelga. Las amenazas e insultos a los que han optado con libertad por el trabajo. La presión en los transportes para obligar a los usuarios a faltar a sus responsabilidades. Los grupos agresivos en los grandes mercados. Vamos, lo típico de un comportamiento ”democrático”.
Nada de lo que han hecho para convencer de la huelga les ha servido, ni lo legal ni lo ilegal. ¿Por qué? Porque ya no se confía en unos sindicatos pasivos y cómplices del gobierno; porque nadie quiere desprenderse de una parte de su sueldo para que los dirigentes sindicales se justifiquen; porque las huelgas generales se hacen en el momento oportuno, no a toro pasado, cuando la ley ya no tiene marcha atrás; porque el trabajador está harto de liberados; porque la huelga no sirve para nada, no va a aportar ninguna solución; porque esta huelga apesta a paripé entre amigos, entre estafadores de voluntades que se han montado una opereta barata con la que contentar a la plebe inculta; porque el español lo que desea es trabajar y hay cinco millones que el día 29 paran, y el 30, y el 1, y el 2, y todos los días ya que no tienen trabajo que defender; y porque muchos españoles están hartos ya de vividores e ineptos que no ofrecen pero que sí que se lo llevan calentito.
No sé lo que pensarán ustedes, cómo se sentirán. Yo estoy contento: la lógica, la razón, la libertad para defender el derecho a trabajar, prevalente sobre el de la huelga por mucho que diga el compañero Martínez de la UGT, se ha impuesto a esta falsedad inventada por personas sin dignidad que están arruinando el país. Es como decirle a Zapatero, Méndez y Fernández Toxo que les hemos visto el plumero, y que sólo con intimidación y atacando el transporte han conseguido que esto se parezca a un ejercicio sindical. Dirán que han vencido, que son los grandes representantes de los derechos de padres, hijos y espíritu santo. Pero serán cuentos, fábulas malas de malos escritores. Al cadáver político se le han unido definitivamente dos cadáveres sindicales.
Quedarán para recuerdo las arengas revolucionarias, trasnochadas proclamas incendiarias propias de aquellos que no saben cómo cubrirse las espaldas y tapar su vergonzoso comportamiento durante los últimos años. Cándido Méndez oficiando de Pilatos, lavándose las manos ante la posible acción de algunos descerebrados. Ese grito fascista de “por las buenas, por las buenas o por las malas”. La carta a los trabajadores de los aeropuertos recomendándoles por su seguridad secundar la huelga. Las amenazas e insultos a los que han optado con libertad por el trabajo. La presión en los transportes para obligar a los usuarios a faltar a sus responsabilidades. Los grupos agresivos en los grandes mercados. Vamos, lo típico de un comportamiento ”democrático”.
Nada de lo que han hecho para convencer de la huelga les ha servido, ni lo legal ni lo ilegal. ¿Por qué? Porque ya no se confía en unos sindicatos pasivos y cómplices del gobierno; porque nadie quiere desprenderse de una parte de su sueldo para que los dirigentes sindicales se justifiquen; porque las huelgas generales se hacen en el momento oportuno, no a toro pasado, cuando la ley ya no tiene marcha atrás; porque el trabajador está harto de liberados; porque la huelga no sirve para nada, no va a aportar ninguna solución; porque esta huelga apesta a paripé entre amigos, entre estafadores de voluntades que se han montado una opereta barata con la que contentar a la plebe inculta; porque el español lo que desea es trabajar y hay cinco millones que el día 29 paran, y el 30, y el 1, y el 2, y todos los días ya que no tienen trabajo que defender; y porque muchos españoles están hartos ya de vividores e ineptos que no ofrecen pero que sí que se lo llevan calentito.
No sé lo que pensarán ustedes, cómo se sentirán. Yo estoy contento: la lógica, la razón, la libertad para defender el derecho a trabajar, prevalente sobre el de la huelga por mucho que diga el compañero Martínez de la UGT, se ha impuesto a esta falsedad inventada por personas sin dignidad que están arruinando el país. Es como decirle a Zapatero, Méndez y Fernández Toxo que les hemos visto el plumero, y que sólo con intimidación y atacando el transporte han conseguido que esto se parezca a un ejercicio sindical. Dirán que han vencido, que son los grandes representantes de los derechos de padres, hijos y espíritu santo. Pero serán cuentos, fábulas malas de malos escritores. Al cadáver político se le han unido definitivamente dos cadáveres sindicales.
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viernes, 14 de mayo de 2010
¿Y los sindicatos?
En todo el lío que hay montado hay unos protagonistas que todavía no han jugado sus cartas, los sindicatos mayoritarios. Llevan durmiendo mucho tiempo, acomodados en mullidos colchones, sin atreverse a toser no sea que molestasen al vecino de arriba. Han permitido con su silencio y complacencia que la situación alcanzase las cotas en las que nos encontramos. Son tan responsables del desastre económico como pueden serlo gobierno y, por qué no también, oposición.
Su pasividad manifiesta, su absurda confianza en la dirección socialista, rebajan el concepto de lucha sindical a consideraciones mínimas. Su nula combatividad se ha transformado en una colaboración indirecta, clave en la desesperación y desamparo de aquellos a los que deberían proteger. Su mal entendida lealtad hacia un gobierno supuestamente de izquierdas sólo es traición y felonía al proletario.
Los objetivos conseguidos a lo largo de años de lucha, los avances y mejoras logradas con mucho sacrificio, han sido vertidos a una escombrera de recuerdos por la actitud de dirigentes sindicales compinchados con el sistema, cómplices del desgobierno, coautores de la pérdida de derechos y colaboradores de especuladores y opresores económicos.
Los sindicatos son básicos en la sociedad actual; son los medios más útiles para garantizar y salvaguardar al trabajador y su entorno. Pero deben de ser efectivos, beligerantes, lógicos con las distintas coyunturas y racionales en las decisiones. No deben tolerar abusos y desmanes, y deben estar alerta ante posibles actuaciones contrarias a la base productiva. Sin embargo, los nuestros se han bajado los pantalones y han mostrado sus miserias a la sociedad.
Ahora toca correr. Espero que lo hagan de verdad. Sería muy grave que aceptaran que políticos ineptos volvieran a pisotear de nuevo a los trabajadores.
Su pasividad manifiesta, su absurda confianza en la dirección socialista, rebajan el concepto de lucha sindical a consideraciones mínimas. Su nula combatividad se ha transformado en una colaboración indirecta, clave en la desesperación y desamparo de aquellos a los que deberían proteger. Su mal entendida lealtad hacia un gobierno supuestamente de izquierdas sólo es traición y felonía al proletario.
Los objetivos conseguidos a lo largo de años de lucha, los avances y mejoras logradas con mucho sacrificio, han sido vertidos a una escombrera de recuerdos por la actitud de dirigentes sindicales compinchados con el sistema, cómplices del desgobierno, coautores de la pérdida de derechos y colaboradores de especuladores y opresores económicos.
Los sindicatos son básicos en la sociedad actual; son los medios más útiles para garantizar y salvaguardar al trabajador y su entorno. Pero deben de ser efectivos, beligerantes, lógicos con las distintas coyunturas y racionales en las decisiones. No deben tolerar abusos y desmanes, y deben estar alerta ante posibles actuaciones contrarias a la base productiva. Sin embargo, los nuestros se han bajado los pantalones y han mostrado sus miserias a la sociedad.
Ahora toca correr. Espero que lo hagan de verdad. Sería muy grave que aceptaran que políticos ineptos volvieran a pisotear de nuevo a los trabajadores.
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